CASTILLO DE SAGUNTO

 

 

 

 

Esta ciudad es conocida en la Historia como heroica, al igual que Numancia, Zaragoza y otras. La prolongada meseta del monte ocúpala por completo el extenso castillo montaraz. En su recinto estuvo la primitiva población griega o ibérica, rodeada de ciclópeos muros, de los que aún podemos contemplar rarísimos restos. Cuando la colonización extranjera agrandó la población de Zacintia, rebasó el recinto murado, desbordando por la ladera del monte, quedando el fortificado convertido en acrópolis, con sus templos y edificios oficiales de Saguntum. Al apoderarse Anibal de la ciudad, semi abrasada, pero no rendida, tras en interminable sitio, durante el abandono de Roma, dejó asegurados en el inexpugnable alcázar de Sagunto los rehenes de las ciudades hispanas aliadas suyas. Los árabes, en la Edad Media, aprovecharon el fuerte castillo como antemural de Valencia, por su posición ventajosa, que atajaba el avance de Cataluña y Aragón. El Cid Campeador decía del castillo de Murviedro que era tan celebrado y famoso en todo el mundo, que no debe permitirse que se rinda. Tras la conquista de los estados de Aben Zeyan por Jaime I de Aragón, continuó la importancia militar de esta fortaleza, que jugó interesante papel en todas las guerras de la Unión, de Aragón y Castilla, de las Germanías, de Sucesión, de la Independencia y civiles. Sobre las enterradas cimentaciones primitivas aparecen las bases de patinados muros romanos, de grandes y toscos sillares, sosteniendo el hormigón de los árabes y las obras de la Reconquista cristiana, gótica y renaciente luego. Cerca de la puerta hay torreones con sendos contrafuertes de la dominación latina; la puerta de la plaza de la Almenara es moruna, y de los cristianos los muros de tapiería, con las torres aspilladas en cruz.

 

Se practicaron, por cuenta de Estado, importantes excavaciones en la plaza de armas del castillo saguntino, que han dado por resultado descubrir la planta de grandes templos del paganismo y muchas antigüedades de gran interés arqueológico, que sirven de fondo a un pequeño museo militar levantado en el recinto. En vista de ello, el ramo de Guerra, cedió al de Bellas Artes el histórico monumento, para continuar tales trabajos de investigación.

 

El castillo se constituye de cinco plazas, denominadas, la primera, de Barraní, del Espolón o del 2 de Mayo; la segunda, de Hércules, San Fernando o ciudadela; la tercera, de San Pedro o de los Estudiantes, y la cuarta plaza, de Armas o de la Magdalena. En esta última está la cisterna de aguas pluviales, formada de dos grandes naves subterráneas, cuyas bóvedas sostienen veinte pilares, con capacidad para 25.000 pies cúbicos de agua.  Detrás de la habitación del gobernador están los dos pisos de subterráneos calabozos, denominados las Leoneras, sin más luz que unas aspilleras encaradas al campo enemigo. El murallón de esta planta recayente a poniente, llamado de la Moneda, tiene hacia el mar una torre romana con vestigios de calabozo, y sobre el lienzo de antiguo muro, el portillo del Ídolo o de Mahoma. Al lado opuesto de los calabozos está la entrada a la fortaleza, en la que aún llegamos a ver la antigua puerta, que tuvo puente levadizo sobre profundo foso, y que ha sido sustituida por una flamante portada que desentona del vetusto ambiente del castro. La quinta plaza, a la que da ingreso la mudéjar puerta de su nombre, es la de Almenara, que ocupa el extremo oriental de la meseta encarada al mar. Es un balcón delicioso para contemplar toda la campiña y desembocadura del río Palencia en su anchuroso cauce, más la industria del puerto a lo lejos. Y, por otro lado, la ciudad a los pies del monte, y la sierra de Almenara en el horizonte. Aquí estuvo el fuerte que los árabes llamaron Albacar, y los franceses, de Bassecourt; vulgarmente, Els Castellets.

 

Desde tiempos remotos, este castillo mide un kilómetro, al menos de longitud, en variable anchura, que depende de sus escarpes, a cuyo borde se aprecian obras de todas las civilizaciones, montándose unas sobre otras.

 

Comenzó haciéndose célebre en la historia de España con su heroica resistencia a las huestes de Aníbal. Restaurado por Roma este castillo saguntino, pudo resistir a otros invasores, aunque no a la ola arrolladora de los vándalos y posteriormente a la de los árabes. A éstos lo conquistó el Cid a fines del siglo XI; al principio del siguiente fue de los almorávides, y en 1.238 del conquistador Jaime I de Aragón. Seis años después pasó al señorío del infante don Pedro de Portugal, Murviedro, que en 1.250 volvió a la corona aragonesa. Durante las posteriores guerras, muy divulgadas son las intervenciones que tomó en ellas el castillo saguntino y las distintas vicisitudes por que pasó, habiendo quedado hoy inútil para la lucha. El castillo se convierte en museo, y a las bárbaras luchas suceden  la cultura y la paz en la encumbrada meseta saguntina, testimonio elocuente del pasado histórico.

 

Murus-vetus llamaron a Murviedro, cuyo castillo prerromano era ya tan antiguo, que su origen se pierde en la nebulosa de la Historia. Y éste, por un lado, y el de Sétabis (Játiva), por el lado opuesto, fueron siempre los antemurales de Valencia. Celtíberos y fenicios, griegos jonios, edetanos y otrros pueblos de la antigüedad conocieron bien la fortaleza de Sagunto, hasta Pedro IV, el del Punyalet, que, con motivo de la guerra de la Unión, reforzó más y más el castillo saguntino. Y él fue testigo de todas las guerras modernas, desde las de las Germanías, del siglo XVI; la de Sucesión, a comienzos del XVIII; la de la Independencia, un siglo más tarde, y las civiles, del XIX. Recientemente se han efectuado descubrimientos arqueológicos en este castillo de Sagunto.

 

 

 

 

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