CASTILLO DE MONTESA

 

 

 

 

Viajando por la vía férrea de La Encina a Valencia o por la carretera de Valencia a Madrid, se ve, al paso, una pétrea mole rojiza en la cima de un peñasco que destaca en la cumbre de la colina de un pueblo valenciano. El ignorante confunde este castillo con cualquier otro vulgar. Al erudito le interesan mucho estas históricas ruinas. Si los patinados sillares, testigos mudos de un pasado esplendoroso y de una catástrofe horripilante, pudiesen contarnos cuanto vieron, sería cosa de oír atentamente sus relatos de Montesa, íntimamente enlazados con la historia regional valenciana.

 

Acerquémonos. Del fortificado monasterio o castro monacal de la Orden caballeresca de Montesa, encumbrado a 340 metros de altitud, son los restos gloriosos de aquella rara fusión del orgullo humano y la humildad cristiana, de castillo feudal y de convento. La puerta principal ha desaparecido, dejando en su lugar un hueco informe; del puente levadizo y las defensas, ni aun vestigios quedan. Bordeando los precipicios y peñascales, cortados a pico, quedan lienzos de muros de exagerado espesor, con revestimientos de sillares. Y en un flanco, tres escudos góticos: el real de Aragón, el de la Orden cruzada y el del gran maestre que edificó el castillo. Allí perduran, pregonando pretéritos esplendores, porque aún no les alcanzó la piqueta demoledora. El único acceso hoy posible a las históricas ruinas es por una poterna del lado sur que abre paso a pendientes rocas bajo abovedados. Y hasta hace poco tiempo el aspecto interior de la fortificada meseta era de lamentable desolación, desde el terremoto de 2 de abril de 1.748: informes montones de ruinas, circundados en irregular perimetría por truncados paredones en parte descarnados del revestimientos de labrados sillares, que el vecindario fue arrancando para edificaciones particulares. La Naturaleza, bravía en sus seísmos de hace más de dos siglos, se mostró después piadosa con el abatido monumento, cubriéndolo con el sudario de silvestre floración y las verdes galas de las hiedras y zarzales. Parece que la declaración de monumento nacional en 3 de junio de 1.931, y la adquisición del castillo por un marqué caballero de Montesa, fue para abandonarlo a la inclemencia de los elementos o incultura popular, que ayudó a la destrucción del monumento.

 

Pero, después de un par de siglos de olvido, al fin la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valencia, son su laboratorio de Arqueología, ha hecho cambiar en breve tiempo el aspecto escenográfico de esa desolación, emprendiendo unas acertadas excavaciones con el auxilio económico del Estado, la Diputación, el Consejo general de las Ordenes y otras entidades oficiales; desenterrando el plano verdadero del castillo-monástico de los 3 o 4 metros de escombros que lo cubrían y apareciendo el claustro que rodeó al jardín central, sus colindantes templo, sala capitular y otras dependencias, como portales, corredores, sótanos, calabozo, aljibes y escaleras; desenterrando bases de columnas, dovelas, claves, blasones, gárgolas, pavimentos, lápidas, fustes, florones, azulejos y otros restos muy interesantes, entre cerámicas fraccionarias, metales, huesos humanos, etc. (1)

 

Hasta ahora la duda ha sido de cómo fue hasta el siglo XVIII el famoso castillo que encerró cuatro centurias el sacro convento de Montesa, pues la bibliografía que anotamos al pie de este no anda exenta de vaguedades y hasta contradicciones entre los antiguos cronistas de los siglos XVI a XIX; y de equivocaciones el único croquis conocido que, en parte, rectifican ahora las excavaciones que se están realizando, ya que el templo aparece al sur del claustro y la sala capitular al este; siendo conforme la entrada, con su puente al oeste, y la torre del homenaje a oriente sobre alto peñón cerca de la poterna antedicha, en la grieta de los peñascos sustentantes de la fortaleza.

 

No cabe duda que el castillo de Montesa fue grandioso y recio, como siguen prgonando sus ruinas. Viciana lo calificó de muy principal en el reino de Valencia, con iglesia bien aderezada de retablos, coro y servicios; casa monástica con muchos y espaciosos aposentos, tres aljibes y un claustro con cipreses y naranjos; y sus muros de piedra pulida, de 14 palmos de espesor, con troneras y herradas puertas. Otro antiguo cronista añade que en la cerca del formidable castillo estaban el palacio del maestre, el convento, la iglesia y otros edificios. Escolano dijo que en el centro de la fortaleza estaba la plaza de armas y a su alrededor los cuarteles; y seguían el palacio del maestre, el convento y la iglesia. Y después siguieron ocupándose de este castillo muchos historiadores hasta nuestros días.

 

Digamos aquí algo de su historia.

 

Fue un castillo moro que, conquistado en el siglo XIII por Jaime I de Aragón, hubo de ceder nuevamente a los árabes en 1.248, con el de Vallada, además, como condición para rendirse al rey Conquistador el de Játiva. Más tarde, abolida por Clemente V, en 1.311 la poderosa Orden militar del Temple, su sucesor, Juan XXII, en 1.317, a instancia del rey de Aragón, Jaime I, en el mismo siglo XIV creó la milicia de Santa María de Montesa para sucederla en su defensa contra la morisma indómita, y, a la vez, en sus bienes, que recogieron aquí los freires de San Juan de Jerusalén, con los que hubo de enfrentarse para ello el rey, así como con el maestre de Calatrava. No interesa aquí rememorar detalles referentes a la nueva fundación monasticomilitar cisterciense benedictina, sus dignatarios, riquezas, maestrazgo, encomiendas, bulas, privilegios, honores y actuaciones. Solamente hay que recordar que a la nueva milicia caballeresca hizo donación Jaime II del castillo árabe de Montesa que le dio nombre, para que lo reedificaran para su sede. Y así se hizo y perduró hasta la antedicha hecatombe que lo destruyó en breves instantes, con los terremotos de 23 de marzo y 2 de abril de 1.748.

 

De dicha catástrofe, que puso fin a esta secular fortaleza, nos ocupamos se ocuparon extensamente en muchos libros editados anteriormente, por lo que aquí solamente nos limitaremos a recordar que, a primeras horas de la mañana, en rápidas y fortísimas sacididas sísmicas, se vino a tierra el colosal edificio, sepultando en el templo a freires, 21 muertos pudiéndose salvar otros tantos no sin lesiones, descolgándose con cuerdas por las altísimas murallas. La cisterna se agrietó, quedando vacía; se hundieron templo, claustro, celdas, horno, refectorio, capítulo, salones, dormitorios, cuartel, oficinas y todo el laberinto de dependencias. Numerosas brigadas se dedicaron después a la busca de los cadáveres y desentierro de reliquias y objetos valiosos y de arte del monumental edificio desplomado; se hallaron las consagradas formas en su copón, el lignum crucis, el viril, reliquias, ornamentos (rotos), orfebrería (maltrecha), la pila, una virgencita de talla policroma gótica, tablas de primitivos, etc. En 2 de abril se repitió el seísmo, menos fuerte, muriendo otros 5 freires y civiles.

 

Anguno de los antedichos objetos de arte salvados de terremoto memorable, y conservados en la parroquial de Montesa, pudimos salvarlos durante la última guerra, en 1.937, en el Museo Arqueológico y de Bellas Artes municipal de Játival, a nuestro cargo.

 

 

(1)   De entre estos hallazgos arqueológicos destaca la clave-dovela central, esculturada con un ángel cuyas alas convergen en la ojiva de la puerta o ventanal de la sala capitular, recayente al claustro aquélla, y al patio de la cisterna este. La ornamentación es de flora, y el ángel es tenante, del escudo monacal de Montesa, cuyo timbre es una cruz equilátera sencilla, pero aquí flordelisada en sus cuatro extremos, como igualmente aparece en el florón desenterrado de la clave en la abovedada crucería de la misma sala capitular. Así también en la macolla o capitel sustentante de la gallonada pila gótica de agua bendita (trasladada a la parroquial del pueblo). Y en ésta, como en trilogía heráldica mural repetida en la fortaleza, dicho escudo montesiano aparece entre otro de palos y otro de barras, o sea, los escudos de Aragón y del maestre.

Interesante también la lápida sepulcral del maestre Berenguer Martí, fallecido en 1.409, recientemente descubierta en dos mitades partidas, y cuyo texto valenciano, en carácteres góticos, dice literalmente así: "Açi yau molt reverent freire Verenguer Marti, maestre qui fou de Montesa. Any a Nativitate Domini MCCCCIX"

Para conmemorar el segundo centenario del terremoto que como castillo de naipes asoló el formidable castillo, se celebró en 1.948 una exposición en el palacio de la Diputación de Valencia, con planos, fotografías y restos arquitectónicos, cerámicas y objetos alumbrados en las excavaciones de Montesa; una maqueta; más un documental cinematográfico de los trabajos; dándose conferencias en el salón por distinguidas personalidades que intervinieron en aquellas labores. Posteriormente una gran subvención del Estado hizo que se puedieran seguir las obras varios años.

 

 

 

 

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