CASTILLO DE JÁTIVA

 

 

 

 

Aparte de las murallas romanas en ruinas, de la antiquísima Sétabis, y las las torres, puertas y murallas árabes que, descendiendo del castillo, bajaban a abrazar la milenaria ciudad, tuvo ésta siempre la guarda de inexpugnables castillos sobre la cresta del monte en cuya falda se cimenta. Son dos, en ambas cumbres, hacia Peñarroja y Bernisa, unidos en su entrada común a más bajo plano. El primero es prerromano (ibero o cartaginés), y el segundo, de fundación latina, recibiendo, respectivamente, los nombres de castillo Menor y castillo Mayor. La obra que en ambos predomina sobre cimentación primitiva es ya árabe, en cubos y muros, y principalmente gótico cristiana, de piedra de sillería, en torres, puertas ojivales, capilla, calabozos y otras edificaciones.

 

Fue maltrecho el monumento por la venganza del primer Borbón, Felipe V, que lo mandó destruir porque le fue hostil en la guerra de la Sucesión (1.707); por la sacudida sísmica de 1.748, y, finalmente, por los franceses tras de la guerra de la Independencia. Pero aún queda en él bastante que admirar.

 

Tras de la "puerta de hierro" y torre del homenaje, de moderna restauración, cerca de donde estuvo la puerta colgada, aparece la plaza de armas convertida en florido jardín, cubriendo los rosales y trepadoras tres gigantescos cañones de 4 metros de longitud que vinieron a sustituir a otros dos primitivos del siglo XVI, denominados lo Bou y lo Porch. Desde esta entrada común a ambos castillos comienzan hacia poniente y hacia levante las opuestas subidas a uno y otro. Una puerta ojival de arco apuntado en sillares dovelados nos brinda entrada por una trinchera o reducto que,  en penosa cuesta, conduce a lo alto de dicho castillo Menor, a cuyo recinto se penetra por otras dos puertas de la torre principal. Ya al final y junto a la brecha que en el muro se levanta, abrieron los cañones de Suchet para el asalto, se contempla el imponente cuadro de los escarpes de la peña Roja y el ruiseño cuadro de la campiña de Bisquert. Según una lápida que allí redactamos este fue el primitivo castillo celtíbero que en tiempo de Aníbal era de los más famosos de España. De él se apoderaron los cartagineses en el siglo III antes de Jesucristo. A ellos lo conquistó Escipión y fue la principal defensa de los romanos. Dominado por los godos, sucumbió a las armas de Abd-el-Azis en 714. Perteneció a Toledo, Córdoba y Valencia, sucesivamente. Yusuf lo tomó para los almorávides africanos en 1.092, lo conquistó David Ben-Aischa, y en 1.144, Merwan.

 

Descendiendo al punto de partida, se emprende la visita al castillo Mayor, no tan antiguo aunque también milenario y más interesante que el primero por sus restos monumentales del tiempo de la Reconquista. A mano izquierda, flanqueando el muro, de trecho en trecho hay torreones cúbicos de fortaleza árabe, alternando con cuadradas torres de la dominación cristiana sobre cimentación romana.  Traspuesto el torreón - truncado ya -, de la cuarta puerta del castillo se encuentra el visitante con el más típico rincón, frente a la capilla gótica de la reina María, esposa de Alfonso V, su fundadora. Por desgracia, se ha perdido ya el retablo pintado por Reixach y Dalmau, así como la orfebrería y ornamentos del siglo XV. Solamente podemos admirar ya la belleza arquitectónica de la puerta y las ménsulas blasonadas y ojivas de las bóveda apoyando sobre muros de dos metros de espesor. Lamentablemente se enjalbegó de cal la fachada de esta capilla.

 

 

Con un esfuerzo llegamos a lo más interesante del alcázar, cual es su célebre prisión de Estado; y más arriba, desde la terraza final, se contempla el soberbio panorama de la ciudad de los Papas y del Españoleto, reclinada en el arranque de la montaña.

 

En sus buenos tiempos tuvo el castillo de Játiva cuatro puertas fuertes, siendo el castillo de homenaje con alcaldía real; duplicados fosos, treinta torres, doce aljibes y dos capillas, una en cada castillo; el muro mayor aparecía guarnecido por dos torreones denominados San Jorge y Santa Fe, aparte de los ocho del castillo Menor y veinte del castillo Mayor. Dominaba todo el conjunto una gran torre romana de más de 30 pies de altura, cuyo arranque aún perdura entre la capilla y la prisión del castillo Mayor. La derribó el terremoto de 1.748.

 

Las ruinas del castillo setabense nos evocan el recuerdo de todas las civilizaciones hispanas que lucharon por poseerlo, pasando a ser de dominadores a dominados; y no pocas epopeyas de cartagineses, romanos, godos, muslimes y cristianos; y episodios interesantes de las guerra de la Reconquista, de la Unión, de las Germanías, de Sucesión, de la Independencia y civiles. Este histórico solar fue visitado por los soldados de Anibal, de Escipión, de Viriato y de Quinto Sertorio; por los alanos y los hijos de la Siria, del Yemen y los almogávares de Jaime I, los tercios de Carlos I y los regimientos de Basset. La historia de este castillo, por ser casi la de la ciudad que defendió, es tan extensa, con no puede condensarse en breves cuartillas. Por eso remitimos al lector al  libro El castillo de Játiva y sus históricos prisioneros. Sólo tenemos aquí espacio para espigar algún breve dato y extractar lo más notable de sus anales.

 

Seguramente se ignora el origen de esta fortaleza, que es de remotísima fundación. Se apoderó del castillo setabense Escipión, vencedor de Asdrubal. Al pabellón de Mario lo atrajo Quinto Sertorio y vencieron a los romanos; pero asesinado el segundo de ellos, los celtas fueron dominados por los latinos. Los romanos ampliaron el castillo hasta la cumbre del Mayor y diéronle título de augusta a la ciudad que defendía, concediéndole autonomía para acuñar monedas, de las que se han desenterrado algunas en el castillo. Después sometióse a los bárbaros invasores, aceptando el cristianismo a pesar de sus famosos templo dedicados a Marte y a Hércules. La importancia militar del castillo perduró durante la dominación árabe.

 

 

 

 

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