TORRE DE BENISANÓ

 

 

 

 

El actual alcázar es notable desde los puntos de vista histórico y monumental; por entenderlo así, el Gobierno lo declaró monumento nacional, por su ancho perímetro, rica esplendidez, elegantes aljimeces y las torres de sus murallas, que siguen en pie más de cinco siglos. El torreón central o cuerpo principal de edificio tenía bastos salones, con con artesonados de maderas y caprichosas pinturas; y exteriormente, ancho foso y puente levadizo. Las murallas flanqueadas de las antedichas torres de cuadrada planta y poligonales, después de rodear la señorial mansión, cercaban también la población, cabeza de señorío. Lamentables transformaciones han desfigurado el primitivo carácter del palacio-fuerte, suprimiéndole el puente levadizo después de rellenar su foso, dividiendo los salones para multiplicar las habitaciones, calcinando los artesonados, salvo los más altos, donde no llegó la brocha, perforando techumbres para edificar modernas escaleras y acabando por dar carácter de vulgar granja agrícola a lo que fue señorial mansión territorial. Aun así, son de admirar todavía las góticas chimeneas; los ventanales lobulados, con fina columnita parteluz; un techo azul con estrellas de plata; los frisos de escudos alternando con inscripciones; los azulejos esmaltados con dibujos geométricos de arabescos; la torre del homenaje y las de la puerta, y los portillos, y otros detalles con la moderna restauración, que quedó interrumpida con la muerte del marqués de Monistrol, dueño de esta casa-fuerte del siglo XV, levantada por mosén Luis Villarrasa de Cavanilles, heredero del señorío, sobre las ruinas del primitivo castillejo árabe. En los frisos de algunas salas aún se conserva el blasón de este magnate, hijo de Luis de Vilarrasa y de la señora de Benisanó, C. de Cavanilles. Fue copero de Juan II y gobernador general de la ciudad y reino de Valencia por los Reyes Católicos.

 

El heredero en el señorío de Benisanó y en el cargo de gobernador de Valencia, en 29 de junio de 1.525, recibió en el muelle de Valencia a Francisco I de Francia, alojándole en este castillo de su propiedad, en vez de hacerlo en el más seguro de Játiva, como quería nuestro emperador Carlos.

 

Treinta y un años tenía el Rey Caballero cuando, por azares de la guerra, fue residenciado aquí, de donde salió para Madrid en una largo y trabajoso itinerario sentimental, de que fueron estaciones destacadas Buñol, Requena, Cuenca, Guadalajara y Alcalá de Henares. El 24 de febrero de 1.525, en la famosa batalla de Pavía, había caído en manos del esforzado Juan de Urbieta, y tras de una breve estancia en el castillo de Pizzighettone (Lombardía), al rehusar las proposiciones de Carlos V, fue trasladado a España.

 

Al pisar tierra española se hizo cargo del egregio prisionero el capitán de la guardia del emperador, su chambelán y embajador de Francia y gobernador puesto por él en el reino de Valencia, don Jerónimo Cavanilles, descendiente directo de los señores de Benisanó.

 

 

 

 

El rey de Francia fue conducido directamente desde el Grao al palacio real, de donde al día siguiente, vistiendo rico sayo de brocado recamado de perlas que realzaba la gentileza de su figura, fue a visitar a la reina doña Germana de Foix, la interesante viuda de Fernando el Católico, que se hospedaba, junto a su esposo moribundo, en el palacio arzobispal.

 

Carlos V quiso que su vencido enemigo fuese alojado en el seguro albergue del castillo de Játiva, en tanto él estudiaba las condiciones de un tratado de paz; pero lo cierto es que a los tres días de hallarse en Valencia, es decir, el 3 de julio de 1.525, don Jerónimo Cavanilles, dando una caprichosa interpretación a las órdenes del emperador, le condujo a su gótico alcázar de Benisanó, asistido por varios caballeros y custodiado por trescientos peones al mando del capitán don Fernando de Alarcón.

 

Francisco I, pese a la altivez y orgullo de su carácter, atravesó, mohino y preocupado, el puente levadizo del alcázar de que nos ocupamos, y refugió su derrocada realeza en una suntuosa estancia que se le había preparado previamente, desde cuyo gótico ventanal su espíritu abatido pudo contemplar los esplendidos jardines que formaban un círculo de rosas en torno a su dorada "prisión", el maravilloso panorama de la huerta, rematado hacia poniente por la sugestiva visión del encumbrado caserío de Liria.

 

El castellano alcázar procuró distraer al egregio prisionero con cacerías y otras diversiones. Una romántica leyenda nos habla de un famoso sarao, en el que tomó parte lo más lucido de la nobleza valenciana, y que realzaron con su presencia las hijas del gobernador Cavanilles.

 

Después, en nuestro tiempo, ha sido residencia veraniega de los condes de Monistrol, siendo todavía unos de los castillos territoriales más completo del solar valenciano.

 

 

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