CASTILLO DE AYORA

 

 

 

 

Según J. Rico de Estasen, en este castillo perduran lienzos de murallas, cubos, aspilleras, fosos, defensas, fortificaciones, pasadizos, subterráneos, mazmorras, silos y aljibes... Se conserva una maciza y monumental torre del homenaje, de cuadrada planta y ciclópeos cimientos, que ha desafiado a las generaciones pasadas y parece desafiar a los siglos venideros. En su interior recibió, con toda clase de honores, en la plenitud del Renacimiento, el señor del Vallle de Ayora, don Serafín de Centellas, la embajada de don Rodrigo de Borja (después Papa Alejandro VI, y entonces nada menos que cardenal y vicecanciller de la Iglesia), el cual concertó la boda de su "muy amada hija Lucrecia con el dueño y señor de este castillo".

 

En el turbulento reinado de don Pedro I de Castilla, la fortaleza ayorina, por su situación estratégica, fue teatro  de innumerables hazañas, de honrosas gestas, de heroísmos, que se repitieron durante las guerras de las Comunidades, Sucesión, Independencia y carlistas.

 

Después de don Serafín de Centelles, el pretendido yerno de Alejandro VI, fue el señor del Valle de Ayora el duque de Calabria, y las piedras de la fortaleza de que nos ocupamos vieron un día reflejarse en ellas la egregia figura de la viuda del Rey Católico, doña Germana de Foix. De los duques de Calabria pasó a poder de los marqueses del Zenete, y de los marqueses del Zenete al de los duques de Osuna, que lo vendieron, muchos años después, a los del Infantado.

 

Es monumento cuyo ducal blasón de Calabria, arrancado del portal por mano ignorante, lo adquirió para su casa don José Lliberós.

 

 

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